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Tobia Colombia

Un Chevrolet Chevette: De taxi a locomotora en Tobia Colombia

En Tobia, a 150 kilómetros al noroccidente de Bogotá, y en una locomotora construida por él mismo sobre la base de un Chevrolet Chevette, Raúl Zárate, un campesino de 33 años, diariamente recorre parte de la carrilera que une el municipio con el exclusivo Club Payando.

 Allá la imagen del campo de golf contrasta con el campo agreste y el río Negro, que con sus rápidos lleva a los amantes del rafting a desafiar la bravura de sus corrientes.

 
La historia de Raúl está ligada a la del tren y a la del país. En 1992, cuando trabajaba como recolector de caña de azúcar, fue abordado por miembros de un grupo armado ilegal que dominaban la zona y que le cortaron un brazo para que no volviera a trabajar. La razón: se enteró que ellos iban a atracar el tren y de inmediato dio aviso a las autoridades. Desde aquel momento, su destino quedó marcado para siempre.

Y fue en ese mismo año cuando, en Tobia, el pito del tren sonó por última vez, víctima de la corrupción que se encargó de reducir al máximo el transporte férreo nacional. Ahora Raúl Zárate sólo contaba con un brazo y los rieles de la carrilera pasaban a ser parte del paisaje y de algunos ladrones que se lucraban del costo de su acero.

Desesperado por no encontrar oportunidades de trabajo debido a su discapacidad, y apelando al ingenio característico desde su niñez, Raúl identificó un nicho de mercado en el transporte de turistas que visitaban el Club movilizándose a pie por la carrilera. Entonces construyó una pequeña ‘mesita’ con asientos, propulsaba con la fuerza de su cuerpo.


El proyecto tuvo tanta acogida, que el novel empresario optó por contratar a otras personas para que empujaran su negocio, el cual día a día aumentaba su demanda. A partir de ahí comenzó a investigar una mejor manera para propulsar su vehículo de manera más rápida y sin tanto cansancio. El propósito era aumentar la productividad mediante el uso de un motor, que por su costo estaba lejos de hacerse realidad.

Entonces se le ocurrió adaptarle una bicicleta a su ‘mesita’. Ahora la fuerza pasaba a las piernas, y los recorridos gastaban un tiempo menor. El remozado medio de transporte fue bien recibido por los turistas (ver foto), los ingresos aumentaron y nuevas opciones de trabajo asomaron en el horizonte de un par de muchachos, eso sí, que tuvieran piernas fuertes.

 

MOTORIZADO

A la par de los beneficios monetarios, que Raúl iba ahorrando con celo y disciplina, la otra misión que llevaba a cabo era mantener la vía Férrea en óptimas condiciones, manteniendo a raya la maleza. Un gesto muy agradecido por los ingenieros encargados, que no le han puesto inconveniente a los proyectos del emprendedor Zárate siempre y cuando continúe, guadaña al hombro, con su ardua tarea.

Ya con algún dinero de más en el banco, nuestro protagonista procedió a comprar un motor de moto de 500 centímetros cúbicos, y en compañía de su hermano Hernando comenzó la tarea de adaptarlo a su ‘mesita’. Tras fallidos intentos, el motor terminó en la trastienda de su casa, mientras el negocio continuaba a pedal.


Algún día hace dos años, y luego de estar ‘cacharriando’ en internet, a Raúl se le ocurrió la idea de crear una locomotora con base en un carro. Con la imagen ya depurada en su mente y en el papel, viajó a Bogotá, y por un millón y medio de pesos compró un taxi Chevrolet Chevette listo para chatarrizar y procedió a armar la máquina de sus sueños.

Tras una inversión de diez millones de pesos y seis meses después, la nueva atracción llegó a Tobia montada en una Ford 350. El carro se partió en dos y se aprovechó su parte delantera (tablero incluido) se le dejó la misma transmisión, de cuatro cambios adelante, se le adaptó una caja aparte exclusivamente para la reversa –con el objeto de no forzar el motor- y el propulsor se cubrió con una lámina de hierro que incluye una ‘chimenea’ para alimentar el filtro del aire.

Las llantas son en hierro colado y la tracción llega a las ruedas traseras, algo que se conservó de la arquitectura original del carro y que le permite regular la potencia de mejor manera. Los frenos son de campana atrás (adelante no tiene).

Las funciones del piloto van más allá de poner neutro, girar la llave para prender el motor, meter el embrague para poner primera, sacar el clutch suavemente al tiempo que se acelera para que las ruedas que reciben la tracción no patinen y mantener oprimido el pedal del acelerador para conservar la velocidad. Lo más complejo para el ‘maquinista’ tiene que ver con los obstáculos en el camino como los animales y rescoldos de tierra, producto de los frecuentes derrumbes en la zona. En esos casos se carga una pala ya sea para remover el material o para espantar el ganado.

Los 1.400 centímetros cúbicos de la máquina son más que suficientes para jalar el vagón con capacidad de doce personas, y por seguridad sólo se usan la primera y la segunda marcha para que el tren no supere los 30 kilómetros por hora, velocidad ideal para llegar a tiempo y disfrutar el paisaje. 25.000 pesos de gasolina corriente bastan para cinco viajes, que en promedio producen $150.000, dinero con el que se pagan los costos de la maquinaria, el sueldo del ayudante y el mantenimiento de la vía (cada persona paga por recorrido 2.500 pesos). Lo que queda son las ganancias.

Raúl Zárate, quien siempre se ha considerado un hombre de paz, se siente muy a gusto con su trabajo, que va más allá de un simple guía turístico y responsable del mantenimiento de un tramo de la carrilera entre Bogotá y Santa Marta. Es un pequeño empresario emprendedor, exitoso y que le ha hecho el ‘quite’ a la adversidad a punta de trabajo e imaginación.

Sin embargo a veces siente miedo. Miedo de que algún día el tren grande, el mismo que pasó por última vez por su pueblo cuando él perdió su brazo, vuelva a Tobia y lo deje sin su trabajo, y su pequeña locomotora quede arrumada al lado de las otras ‘mesitas’ y todo se convierta en parte de la nostalgia. Algo que no debería ocurrir jamás.


Por: JAIME GABRIEL ABOZAGLO
        El Universal...

 
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