 Descender por una cascada de 75 m de altura y enfrentar los rápidos del río Negro son solo algunas de las actividades que pueden practicarse en el variado y agreste paisaje de Tobia, Cundinamarca.
Bajar por una cascada alta, con chorros de agua tan fuertes que al caer generan ráfagas de aire y brisa, y enfrentarse a los rápidos del río Negro, más intensos en época invernal, son solo algunas de las actividades extremas que pueden practicase en el variado y agreste paisaje de Tobia, Cundinamarca, un pequeño edén que cada año acoge a más de 5.000 turistas colombianos y extranjeros. Tobia no es más grande que el estadio El Campín. Sin embargo, su zona rural es vasta y está compuesta por ríos, cascadas y montañas, escenarios suficientes para practicar rappel, torrentismo, rafting y caminatas. A 80 kilómetros de Bogotá, envuelve a sus visitantes con la serenata melodiosa de los cardenales, el sonido de la cascada Barandillas que se propaga a través de múltiples quebradas y los extensos campos de caña de azúcar. Una vez asegurada por los guías, empecé a deslizarme a mi ritmo por la pared de la cascada agarrándome de la cuerda mojada y pesada de la que pendía mi vida, con todos los sentidos alerta como respuesta del cuerpo ante el peligro. Afirmé los pies sobre la roca lisa y húmeda con una fuerza que no había puesto a prueba nunca. El agua golpeaba como el chorro helado de una ducha inmensa y, debido al efecto de los rayos del sol sobre las gotas de agua, la catarata era al mismo tiempo inicio y fin de un hermoso arco iris. El torrentismo consiste en precipitarse por una cascada con la ayuda de una cuerda, arnés, mosquetón de seguridad y un anillo especial en forma de ocho. También se conoce como rappel y puede practicarse en puentes, muros y montañas. En promedio, el precio turístico de esta actividad es de 30.000 pesos. San Gil en Santander, Tobia y Suesca en Cundinamarca, son los lugares predilectos en Colombia para el rappel, aunque un experto podría hacerlo incluso en la torre Colpatria. Durante la caminata salieron al paso un hombre halando a un caballo que cargaba leña y un anciano que, mientras hacíamos fila en la cima de la cascada, contaba historias de sus épocas de militar cuando tenía, según él, que descender alturas mucho más atrevidas que la de Barandillas. La gente de la región es muy conocida por los guías debido a que cada fin de semana hay una o dos excursiones. Según Alberto Gómez, director operativo de Somos Aventureros.com, solo su agencia de turismo moviliza 5.000 personas al año en Tobia.
El clima de la región es cálido, 25 grados aproximadamente, y el sol suele mostrar su mejor cara a pesar de que el exuberante follaje y los altos muros naturales de la montaña extienden su sombra sobre el sendero. El caminante está todo el tiempo conquistando terreno, lo que implica llenarse de lodo hasta las rodillas y refrescarse con varias zambullidas en los remansos de la quebrada.
En una hora de recorrido entre la quebrada y el monte, se descubre lo que literalmente es el contacto con la naturaleza. Los tres instructores que nos acompañaban, dos hombres y una mujer, eran escaladores con varios años de experiencia en diferentes deportes extremos. En la cintura llevaban varios mosquetones y en la espalda enormes morrales en los que cargaban todos los equipos.
Además de descender por la majestuosa cascada, puede hacerse lo mismo desde un puente tendido 25 metros sobre la quebrada El Tigre, que pronto desembocaría en el río Negro, llamado así porque en temporada invernal toma ese color debido a la lluvia que remueve el lodo de sus entrañas. La mayor prueba de valentía está más en el acto de acomodarse en la baranda del puente que en la bajada misma, pues ya en el vacío el vértigo desaparece gradualmente ante una vista en la que la pluralidad de texturas y colores componen un cuadro brillante de la naturaleza.
Mientras los objetivos de los turistas son la diversión y salirse de la rutina de la ciudad, el rappel ha sido un factor importante en las operaciones militares en las que los verdaderos valientes deben enfrentar pronunciados descensos y seguir su marcha por las selvas sin importar el terreno.
Estar al frente de una cascada de 75 metros, suspenderse en el vacío y navegar un río que retumba a lo lejos por la fuerza con la que chocan las corrientes contra las rocas, le hace pensar a cualquiera en su seguridad. ¿Qué pasa si uno se suelta, o algo falla, o la cuerda se rompe, o el mosquetón se abre?, preguntas que nos hacían pensar más de dos veces seguir en nuestros zapatos.
Sin embargo, el panorama es alentador: los mosquetones están hechos de aluminio y carbono y las cuerdas son tan resistentes que pueden alzar hasta tres bueyes, casi dos toneladas, sin problema. Además, una vez en el río hay un instructor en cada balsa, uno adicional en kayak y suficientes chalecos salvavidas y cascos.
"Es poco probable que una tragedia ocurra si se siguen las recomendaciones de los guías, como abstenerse de hacer el recorrido en estado de embriaguez, alejarse del grupo o intentar maniobras nuevas. Si ha habido accidentes es porque el experto no revisa los sistemas de seguridad o simplemente se confía", dice Alberto Gómez, con 18 años de experiencia en esta clase de deportes.
Además de entrenarse en el montaje de las cuerdas y los equipos necesarios para cada una de las actividades, los instructores deben saber cómo controlar los nervios de las personas que, a veces, entran en pánico. "Hace poco se desmayó una señora en pleno descenso por la cascada. Afortunadamente, pudimos templar la cuerda para que ella no se resbalara mientras uno de los guías la reanimaba", relató Alberto.
Para practicar el rafting se debe trabajar en equipo para coordinar los remos, so pena de que la balsa neumática se voltee en medio de las furiosas corrientes del río Negro. Pero este es un deporte planeado para turistas sin experiencia. Por lo tanto, de seis niveles de dificultad, lidiaríamos con el intermedio.
Ríos como el Chicamocha, el Suárez y el Fonce tienen rápidos entre los grados cuatro y seis: violentos, con bajadas muy empinadas y rutas exigentes. En esos casos, es indispensable ser un experto. Por eso el rafting turístico, bastante menos exigente, se hace en los ríos Tobia, Negro, Bogotá (cerca de Suesca), Sumapaz y Magdalena, entre otros. Al igual que el rappel, practicar rafting cuesta aproximadamente 30.000 pesos.
El guía indica en qué dirección remar, cuándo parar, y hace simulacros de cómo rescatar a un compañero si cae al río y cómo acomodar el bote si se voltea. Durante 30 minutos se combate constantemente contra la fuerza del agua durante nueve kilómetros. Con los sentidos alerta, la situación no se presta para detenerse a apreciar el follaje o las rocas que bloquean la corriente y el bote con una fuerza inmensa. Al llegar a la orilla los siete tripulantes llevamos la balsa sobre nuestra cabeza hasta terreno firme. El día extremo había concluido. Nuestros cuerpos exigían una copiosa porción de comida, un buen baño y descanso inmediato. Una vez de regreso a Bogotá, el rumor de la cascada continúa retumbando en nuestros oídos y durante un rato se tiene la impresión de que el arnés aún talla los muslos con toda la fuerza de la gravedad. Un cuerpo sedentario y citadino puede llegar a reclamar por una actividad que hace millones de años dejamos de hacer: danzar con la naturaleza como en aquella época en la que el hombre conquistaba la tierra sin más herramientas que un par de cuerdas de higuera y balsas de madera.
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