|
A Carlos Julio Franco Martínez, el cartero más viejo del país, un hombre de 75 años de edad que, día a día, se ha gastado religiosamente los últimos 50 años de su existencia repartiendo el correo de pueblo en pueblo, jamás le ha llegado una carta.
A pesar de que durante todo ese tiempo, en interminables jornadas a pie, a lomo de mula o en bus; a pleno sol o bajo aguaceros torrenciales; por entre trochas infames o carreteras providenciales, ha llevado y traído más de un millón y medio de cartas, ninguna ha sido para él; porque como el legendario coronel de la novela, él tampoco tiene quien le escriba... Y a lo mejor también se va a morir esperando una pensión!
Nadie sabe por qué, pero a ninguno de sus montones de amigos de todos los pueblos de la Provincia de Gualivá, en el noroccidete de Cundinamarca, donde ha vivido siempre, jamás se le ha ocurrido escribirle para contarle algo o para enviarle una postal barata en Navidad. A su casa de Quebrada Negra (Cundinamarca) no ha llegado nunca siquiera una carta con la dirección equivocada.
Cuando más cerca estuvo de recibir la primera carta de toda su vida, fue la semana pasada, cuando el Ministerio de Comunicaciones decidió celebrar el Día Mundial del Correo --el 9 de octubre-- condecorando a los dos servidores más antíguos de la Administración Postal Nacional.
Héctor Pérez Pulido, que lleva más de 25 años entregado en Bogotá el correo de casa en casa, resultó ser el cartero más veterano, mientras que él fue escogido como el correista más viejo del país, un hombre que no hace entregas a domicilio, sino que lleva la correspondencia de pueblo en pueblo.
A Pérez le otorgaron la Medalla al Mérito Postal, tercera clase en bronce; mientras que a Franco le destinaron la Medalla al Mérito de las Cumunicaciones, de primera clase y en oro puro.
Pero esa, una de las mejores noticias que ha recibido en toda su existencia, lo hubiera hecho más feliz si le hubiera llegado en una carta.
Sin embargo, nadie tuvo tiempo de escribirle. Una secretaria llamó por teléfono a la oficina postal de Villeta y le dejó la razón: el martes tenía que estar en Bogotá porque el viceministro de Comunicaciones, José Gregorio Hernández Galindo, lo iba a condecorar.
En ese instante, sin que él, el cartero más viejo del país, siquiera lo supiera, se le murió otra esperanza de que por fin le llegara una carta.
Pero eso no lo perturba. Lo que pasa es que yo no tengo quien me escriba .
Lo que sí lo atormenta es una duda feroz: saber si él tiene o no derecho a una pensión para vivir en paz sus últimos días, porque, aunque es el cartero más viejo del país, hace apenas 5 años que tiene un vínculo directo con la Administración Postal. El resto de su vida ha trabajado para contratistas particulares. La telegrafista La vida de Carlos Julio Franco Martínez siempre ha sido de trabajos y pobreza.
Nació en Quebrada Negra el 10 de noviembre de 1914 y cuando tenía 8 años ya era el mensajero de Alejandrina López, la telegrafista del pueblo, que no le pagaba sueldo pero le daba ropa y comida.
Gracias a ella aprendí a leer y escribir. Me mandó tres meses a la escuela . Durante mucho tiempo fue el mensajero de la telegrafista.
El asunto del correo empezó sin darme cuenta. Fue hace como 50 años. El correista era un señor Sixto Hernández. Yo le ayudaba de vez en cuando. Un día se enfermó de tifo. Casi se muere. Yo lo reemplacé como tres meses. No había carreteras ni buses. Tocaba echar pata.
Una tarde llegó un inspector y preguntó por el correista. Le dijeron que hacía meses estaba enfermo. El se enojó porque no había avisado. Usted quiere reemplazarlo?, me preguntó. Yo contesté que sí .
A los pocos días, Hernández se apareció a reclamar el puesto. Entonces, Franco hizo algo insólito: se escribió una carta recomendándose él mismo y la hizo firmar de medio pueblo. Es la única carta que ha tenido en la vida, pero gracias a ella se quedó con el puesto. Trabajaba para Emiliano Salazar, un contratista de correos.
Desde ese día, el primero de noviembre de 1941, se convirtió en el cartero más andariego del país. Nadie se atreve siquiera a calcular cuántos miles de kilómetros ha caminado, ni cuántas toneladas de cartas ha traído y llevado.
Los primeros 20 años sólo tenía que ir a pie de Quebrada Negra a Tobia todos los días, aunque no hubiera correo. Me gastaba cuatro horas.
Me ganaba 20 pesos al mes. Si me hubieran pagado por kilómetro recorrido, yo sería un hombre millonario . La noticia de EL TIEMPO Por aquellos días también vendía lotería para rendir el sueldo, pero siempre resultaba descuadrado.
Ni siquiera sospechaba que su mujer, Teresa Vargas, con quien tiene siete hijos, le quitaba cada semana una o dos fracciones.
El día que lo supo, casi hace fiesta. Fue un domingo. Yo estaba en Villeta y me puse a leer EL TIEMPO. Vi el resultado de la lotería de Boyacá. Era el número 3183. En ese instante, supe que lo había vendido yo y empecé a soñar con una buena propina.
Por la noche, cuando regresé a la casa, le conté a mi mujer. Entonces, ella me confesó que me había quitado una fracción, pero no sabía de que número. Cuando la trajo, casi me desmayo: nos ganamos la lotería. Nos pagaron 12.450 pesos. Con eso compramos la casita en que vivimos .
Pero el dinero no alcanzó para más y Carlos Julio Franco tuvo que seguir por el mundo con su costal de correo a cuestas.
La jornada más dura era de Villeta a Utica. Me gastaba ocho horas a pie. Llegaba muerto .
Por eso, el día que terminaron de construir las carreteras y empezaron a pasar por allá las flotas, casi se enloquece de alegría. Fue hace unos 20 años. Desde entonces dejé de echar pata .
Ahora, aparte de Quebrada Negra, su pueblo, reparte también el correo en Villeta, La Magdalena y Utica. Se gana 87.000 pesos, pero se gasta 1.140 diarios en transporte.
En los 50 largos años que lleva de correista, apenas ha faltado a su trabajo tres veces.
La primera fue hace 25 años, cuando me salió un tumor en una rodilla. Me operó gratis un señor Osma en Villeta. La segunda, fue hace unos 10 años, cuando se me paralizó la pierna izquierda. Me curé yo solo con puras pomadas .
La tercera, fue el martes: el día que vino a Bogotá a recibir la condecoración de oro que le impuso el Ministerio de Comunicaciones.
Al mediodía, ahí, en mitad de la regional de la Administración Postal de Bogotá, estaba deslumbrado: jamás había visto tantas cartas juntas. Eran millares y millares. Como el paraíso de un cartero.
Pero también ese día tenía una pena atravesada en el alma: quería preguntar si él, el cartero mas viejo del país, pero que apenas hace cinco años tiene un contrato directo con los correos, tiene derecho a pensionarse.
Mucho más que a él mismo, se parecía al coronel de la novela: ninguno de los dos tiene quién les escriba y los dos se han ido muriendo esperando una pensión.
Ojalá algún día les llegue esa bendita carta.
|